El poder del sacrificio.
 
La Cruz.
El Tren Equivocado.
¿Como arreglar al Mundo?
No juzgues apresuradamente.
La Supertienda.
Todas tus lagrimas y toda tu sangre.
El poder del sacrificio.
El Equipo del Señor.
El Valor de la unidad.
La Golondrina
Gúliver y Los Liliputenses.
Ojos Magicos.
Otro ha Fallecido.
Papi, prestame cinco dolares.
Tres Jovenes.
¿Que diran de mi?
“El secreto de las águilas”
Lo que Yo podria hacer.
“El Aguila”
La isla de los sentimientos.
Una Caja de Besos.
La Televicion.
Clavos de Coraje.
El Conejo y el Perro
La historia del Burro
El Barbero
EL COFRE DE VIDRIO ROTO
El Fabricante de Lápices...
EL TURISTA Y EL SABIO
El Elefante Encadenado
Quitate la Capa
¿Quien Gana la Carrera?
El Profesor que reto a sus estudiantes.
Granos de Cafe.
El poder del sacrificio.

En el siglo XV, en una pequeña aldea, cerca de Nuremberg, vivía una familia con dieciocho hijos.
¡Dieciocho! Para mantener por lo menos la comida sobre la mesa para esta gente, el padre, un herrero por profesión, trabajaba casi dieciocho horas al día en su oficio y en cualquier otra tarea de paga que pudiera encontrar en el vecindario. A pesar de la condiciones desesperantes, dos de los hijos mayores tenían un sueño. Ambos querían desarrollar el talento que tenían para el arte, pero sabían perfectamente bien que su padre no podría mandarlos a estudiar arte en la academia de Nuremberg.
Después de largas discusiones por las noches en sus conglomeradas camas, los dos muchachos finalmente llegaron a un trato. Apostarían sobre una moneda. El perdedor iría al fondo de una mina cercana y sus ganancias servirían para pagar los estudios de su hermano en la academia. De manera que cuando el hermano que había ganado la apuesta terminara sus estudios, en cuatro años el pagaría la academia del otro hermano, ya fuera con sus ventas o con trabajo en las minas. Hicieron la apuesta con la moneda un domingo después de la reunión de la iglesia.
Albrecht gano la apuesta y partió hacia Nuremberg. Albert se fue a las peligrosas minas, y por los cuatro años siguientes ayudo a su hermano, cuya obra en la academia fue una sensación casi inmediata. Las tintas, los oleos y relieves eran mucho mejor que los de la mayoría de sus profesores y para el tiempo en que se graduó, ya contaba con considerables entradas por trabajos encargados.
Cuando el joven artista volvió a su casa, la familia Durero preparo un banquete para celebrar el retorno triunfante de Albrecht. Después de una larga comida acompañada de música y risas, Albrecht se levanto de la silla en que lo habían honrado para brindar por su amado hermano que se había sacrificado por años para que el pudiera realizar su sueño. Las palabras de su brindis fueron: “Y ahora Albert, Querido hermano mío, es tu turno. Ahora tu puedes ir a Nuremberg para realizar tu carrera, y yo estaré cuidando de ti”. Todos los rostros se volvieron hacia el otro extremo de la mesa donde Albert se encontraba; lagrimas rodaban por sus pálidas mejillas, mientras suspiraba y decía, repitiendo una y otra vez, “no....no....no...no....”. Finalmente Albert se levanto secando su llanto. Lanzo su mirada a la larga mesa, viendo a los rostros que el amaba, y entonces, sosteniendo sus manos cerca de su mejilla derecha, dijo suavemente: “No hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mi. ¡Mira.... Mira lo que cuatro años han hecho a mis manos! Los huesos de cada dedo han sido aplastados por lo menos una vez, y últimamente he sufrido tanto de artritis en mi mano derecha que no puedo ni siquiera levantar el vaso para brindar contigo, mucho menos trazar delicadas pinceladas sobre una tela. No hermano.... Para mi es muy tarde”.
Mas de 450 años han pasado. Ahora, cientos de obras maestras, dibujos a pluma, a carbón, acuarelas, grabados en madera y bronce, cuelgan en cada uno de los grandes museos del mundo, pero lo paradójico es que usted, como la mayoria de la gente, esta familiarizado con solo una de las obras de Albrecht Durero. Un dia, para dar honra a Albert por todo lo que el habia sacrificado, Albrecht dibujo con dolor las manos maltratadas de su hermano, con las palmas juntas y dedos delgados apuntando hacia el cielo. A esta celebre obra el la llamo sencillamente “Manos”, pero el mundo entero casi de inmediato abrió su corazón a la obra y la denomino como un tributo de amor “Manos de Oración”